...demás la Cami cabe en el prototipo de hijita de papá, rarita y extravangante. De esa generación embobada por los mentir, escitalopram, fluoxetina y quien sabe cuanta hueá más. Nunca molestaba a nadie, ni pedía nada. Porque casi todo siempre estaba ahí a la mano y sus necesidades emocionales se la bancaba sola. Y no era porque no tuviera a gente receptiva para dar y entregar emociones, sólo parece que le daba flojera, pedir amor, exigir amor, tratar con el amor.
Una lata .
Era perfectamente querible y práctica para-supuestamente- quererla. Escuchaba lo que tenía que escuchar y opinaba sin juicios de valor. Comprendía, aconsejaba e invitaba un café a llorón de turno. Guardaba todos los secretos que le contaban (no por el voto de confianza sino para ser la coleccionista exclusiva de cada dato de la gente que la rodeaba).
Desde los años pre adolescente siempre estuvo en tema la discusión de porque no llevaba amigos o pololo-ya más grande- a la casa. Respondía cuando se encontraba de suficiente humor para contra argumentar si no- como solía- ser daba la razón y esgrimía que el próximo fin de semana la casa estaría llena de gente. Nunca era así. Trataba de no perder segundos en explicaciones sin sentido aunque había excepciones.
No entiendo que haces tanto tiempo sola.
No entiendo porque gastas tu tiempo pensando en mi tiempo.
La verdad era que ella se relacionaba por el sólo hecho de tener que hacerlo. Nadie la llenaba por completo y si bien tenía uno que otro cercano. Ninguno le parecía suficiente. Ni para amigo, ni para amante, ni para pololo. Lo que estaba lejos de ser un sentimiento triste, critico o depresivo sólo era un parámetro objetivo que nadie era suficiente. De seguro ella tampoco lo era.
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