15 de abril de 2012

Hueones por todos lados.Soy la principal


No sentía  pena, ni rabia, no estaba deprimida, ni nostálgica, ni siquiera  era  causa escondida del semblante de indiferencia que me dominaba en ese momento. Lo único cierto era que me daba lo mismo. Eran las 8, con algunos minutos, de la mañana había sido una noche prototipo de carrete universitario, muchos pendejos hueones encerrados en el departamento de un compañero que a penas sabía su nombre con sólo el afán de emborrachase, para escribir, a las horas siguiente,cuando estuvieran mejor, en alguna plataforma masiva: "lo que paso anoche, se queda ahí, perro", "cuático anoche, hahaha", "tenemos que repetirlo, ¡distorsión máxima!", mientras que subían fotos besando una botella de alcohol  (sólo si este era de una marca prestigiosa) o mostrando sus vasos hasta el raz. 

Hueones. Hueones ellos, hueones todos. Gente imbécil y limítrofe en todas partes pero sobre todo yo por insistir en ir  a esas mierdas, por dármelas de tolerante,de mes en mes, e ir a actuaciones tan repudiablemente vergonzosas. No sé porque, en alguna época del año, me daba por insistir en encajar en esos actos tan populares y motivantes de mis pares. 

No aguanté más. No quise tampoco, a las únicas personas que respetaba en esas fiestecita les avisé que mi iría, que "me sentía mal", "que mañana  tenía, además, que levantarme temprano". Una insistió en que me quedará pero a penas le dí un vaso de piscola se calló, las otras estaban tan rajas que me decía "te quiero, hueona."

Eran cerca de las 7 la mañana, en pleno estacional otoñal de Viña del Mar, la ciudad más popularmente "quiero ser cuico" de Chile, en el sector turístico, de Avenida San Martin.  No tenía sueño, no quería volver a casa, no quería pensar, no quería ver de nuevo a la tropa de energúmenos que se encontraban en ese edificio.

 Hacia mucho frío, de hecho, me congelaba, mis nudillos estaban rojos y ardían, revise mi cartera y habían  7 lucas, lo que calculando con mi poca cabeza numérica, estaba salvada y podía beber un café en la cadena del logotipo verde en que todos se sacaban fotos y me alcanzaba pa' la micro. Una snob. Una, guena, chilena más.

Tome un muffin de arándanos (no había de chocolate) y pedí un latte alto con mucha espuma de leche, el tipo que me atendió era cercano a mi edad,quizá,dos o tres años más, simpático, con esa energía, patética, renovante de un día bueno, un robot de la empresa, un estómago hambriento del capitalismo, un apatronado más del sistema. Pensé. Y luego me reí por las denominativos anarquicos,cheguevaristas (pero no mentirosos) que repentinamente me inundaba...no tenía derecho, acababa de estar en un espacio lleno hueones con smartphones con sistemas operativos aspiracionales que no sabían sacar su mayor provecho, había entrado a starbucks pero me iría en micro a casa. Estaba en un sector residencial pero de una ciudad snobista de un país tan wanna be como es Chile. La idiota, aquí, era yo.

  "¿Quieres más espuma de leche?" Acepté. " siéntate donde quieras te llevo de inmediato el vaso". 


Lo miré de nuevo, me pregunté, porqué no conocía a gente como él. No sabía si era un idiota con cara de "niño trabajador" pero, a lo menos, podía contar otras cosas de lo que todos esos bastardos cuentan, dicen, hablan y, pf, creen que piensan. 


También debería ser así, hacer algo, no quejarme, no hacer la hora para llegar más tarde a casa.







.





No hay comentarios:

Publicar un comentario